Necrotectónicas

Estoy feliz porque por fin se ha publicado un libro ilustrado por mí.
Se trata de un libro comenzado (y acabado) hace 10 años o más.
Mi hermano mayor, José Ramón, escribió una serie de relatos sobre muertes de arquitectos, algunos de ellos muertos in illo tempore.
Dije que el libro fue acabado hace más de 10 años, acabado y archivado. Sin embargo en los últimos dos años fue retomado, corregido, ampliado... e ilustrado (que es la parte que me toca).
Mi hermano escribió una entrada en su super blog que podéis leer aquí
Y si queréis un ejemplar de nuestro libro aquí está el enlace a la página de Ediciones Asimétricas, que confiaron en nuestro trabajo y apostaron por él.

Me hace mucha ilusión.

Os dejo esta ilustración que no está en el libro, del relato de la muerte de Hiram-Abib:

Recomendación

Me atrevo a recomendaros una exposición que aún no he ido a ver...
se trata de la exposición de Surrealistas antes del surrealismo que hay en la Fundación Juan March de Madrid.
Tenéis toda la información aquí:

Y me atrevo a recomendarla por dos razones:
La primera es que la organiza la Juan March, y eso siempre es una garantía.
Y la segunda es que el surrealismo siempre ha existido, y considero que resulta infinitamente más interesante fuera de los límites de un movimiento artístico.

Esta semana que viene la veo y os cuento más.

¿Y ahora qué?

Hacía ya unos meses que no escribía en el blog, hoy retomo.
El pasado 28 de junio cerré la escuela-taller de arte en la que llevaba trabajando tres años. Quiero escribir sobre ello y, ya puesta en harina, no sé cómo enfocarlo.


Mi escuela, Creamundos, fue un proyecto que surgió en 2009 gracias al apoyo y confianza de algunos de mis amigos; hubo quienes incluso decidieron asociarse conmigo e invertir parte de su tiempo y su dinero.
No puedo sino agradecerles de todo corazón su implicación.
Han sido tres años (siempre mido los años en cursos) estupendos. He disfrutado mucho trabajando allí, de todo, quizá más de los talleres infantiles, ya que era la actividad principal de la escuela (el 70% del alumnado "fijo" tenía entre los 5 y los 10 años de edad), pero también de los proyectos plásticos de los adultos, y de los talleres intensivos de cuentacuentos.
De otra manera, ha sido fantástico disfrutar como alumna en los pequeños talleres impartidos por otros profes, como los de construcción de títeres, clown, commedia dell'arte, expresión corporal, impro...
Y gestionar todo aquello.
Llevo desde junio planteándome escribir sobre el cierre de la escuela. Sobre un espacio para la creación que se pierde... Sobre lo emocionante que ha sido la despedida... Sobre todo lo que ha ocurrido allí durante estos tres años... Y en lugar de escribir sobre todas esas cosas, lo único que me sale es ¿y ahora qué?.
Me gustaría continuar con el proyecto educativo de Creamundos. No sé cómo lo haré.
No quiero escribir las ideas que me bullen en la cabeza, porque tampoco sé si voy a poder sacar adelante alguna de ellas. Simplemente os aseguro que ya os contaré.



Midiendo el placer

El lunes salió el siguiente artículo en El País:
El IBEX35 del arte contemporáneo
Leedlo por favor y luego hablamos...
Empleada del hogar subiendo a "muy agradable" el índice hedonista de toda la vivienda, cuadro incluido.

Yo, lo confieso, a la primera lectura no me enteré muy bien de lo que me estaban contando, aunque ya el título dice mucho del tema.
Parece ser que se ha creado una herramienta estadística para calcular lo que llaman el índice hedonista de una obra artística. A mí, francamente, me hubiera gustado que dieran más datos, como las variables que utilizan en la ecuación y, sobre todo, los posibles resultados, del tipo, esta obra es estupenda con tendencia a sublime pero aquella otra sólo es agradable y resulta cansina en un 15%.
El índice hedonista no es una cosa que se aplique al arte por ser arte y tener que medirlo en cantidad de disfrute. En realidad es un factor económico que, al parecer, lleva tiempo aplicándose a todo tipo de productos. Digamos que el índice hedonista de un producto es mayor cuanto mayores sean su calidad y su utilidad y provecho. Que bueno, aunque el nombrecito se las trae, tampoco estaría tan mal... ¿o sí?.
Pero el índice hedonista es una trampa: Si yo, por ejemplo, me compro una cafetera por un precio equivalente al de aquella que compré hace 15 años, que además de hacer café y calentar la leche me hace capuccino y té con miel y me lo sirve a tres temperaturas diferentes, entonces, según este índice, el precio habrá caído y tendré algo de más calidad (la nueva cafetera me va a dar más placer y por tanto me va a hacer mucho más feliz). Pero si la antigua cafetera me podía haber durado treinta años (me deshice de ella cuando todavía funcionaba) y la nueva me dura dos, eso nadie lo tiene en cuenta. El hedonismo (éste) se basa en que las nuevas "mejoras" son siempre beneficiosas y equivalen a una rebaja de precio.
Pero volvamos al artículo de El País, porque ciertamente un Tàpies no es una cafetera... El artículo es muy vago (cómo no va a serlo, a ver quién es el guapo que puede meterse en harina con algo así) y no especifica nada, pero entiendo que aquí se utiliza este índice no para comparar una nueva obra con las anteriores, sino para otorgarle un valor añadido no mercantil (esto último, por supuesto, resulta paradójico, pues no es más que un nuevo artificio para tratar de incrementar el precio).
Y en este punto, después de tratar de explicarme a mí misma lo leído en el articulito exclamo: ¡¡¡Pero qué mierda es esto???!!!
¿Es que van a venir ahora a medirme el placer? Que se lo digan a Berger, que van a ir a pesar ese aire del que habla, el que queda entre él y el cuadro de las Meninas, que lo van a depurar y a catalogar como "altamente disfrutable" para después venderlo en cajitas policromadas.
Comprendo que gran parte de quienes acuden a las grandes subastas de arte van a invertir su dinero en un bien que sea seguro, y que si alguien les convence de que una obra tiene un índice hedonista de 98 sobre 100, se van a sentir mucho más seguros al comprarla (y podrán guardar el certificado con la cifra en la caja fuerte de su banco). Pero... ¿en serio? ¿lo comprendo?... En realidad no.
No entiendo ni el planteamiento ni que nadie sea capaz de pasar por ese aro.
Y, una cosa os digo, prefiero, si se trata el arte como mercancía, que no se inventen parámetros intangibles y que lo vendan al peso. Eso sí, el gramo de Van Gogh a millón.

Vanguardias artísticas e infancia

Hoy escribo para hacer una doble recomendación.



Buscando artículos sobre el libro (primera recomendación) La infancia de las vanguardias: Sus profesores desde Rousseau a la Bauhaus, de Juan Bordes, he encontrado una revista muy bonita sobre arte e infancia (segunda recomendación).
Se trata de la revista Bloc, y clicando sobre el nombre de la revista podéis verla y leerla. Hay 7 números, del 0 al 6, y en el 6 (es el que aparece seleccionado en el enlace), de la página 60 a la 75, encontraréis un artículo sobre el libro que os recomendé al principio.

Este libro ofrece una tesis interesante y razonable sobre el nacimiento de las vanguardias. Tesis que a mí me convence.
Yo nunca he creído en las vanguardias como innovación, sino como una muestra más del eterno retorno, del carácter cíclico de la historia, como una vuelta a los orígenes y la recuperación de un lenguaje perdido y olvidado. De esta manera agradezco profundamente esta estupenda argumentación (además de la preciosa selección de imágenes y cuidada maquetación, una delicia).

Un segundo congreso nacional de clown

Un amigo, Svante, a quien se le pasó por la cabeza organizar un congreso nacional de eso del clown y lo hizo hace ya casi un año, me pidió que hiciera el cartel para un segundo congreso que ya se está gestando, y tendrá lugar del 15 al 17 de junio de 2012.
Éste es el cartel (para verlo más grande podéis hacer click sobre él con el ratón):
He disfrutado mucho trabajando él, y me gustaría compartir el proceso.
La idea era dar sensación de congreso, aglutinando a algunos de los participantes en el primero, así que me puse a buscar imágenes de congresos, a poder ser decimonónicos (me hacía gracia la idea) y me quedé con ésta:
Copié el fondo directamente, a lápiz, dándole un poco más de suelo para poder jugar con la distancia en lugar de colocar a todo el mundo en la misma línea.
Y dibujé a los congresistas a partir de las fotos que se hicieron durante el primer congreso, pidiéndoles permiso tanto al fotógrafo como a los fotografiados.
Esas fotos las podéis ver aquí.
Y aquí os muestro los dibujos:


Lo demás ya fue ir probando y montando.




Artistas que hacen catacrock

Artista es una palabra muy manida, un saco en el que caben demasiadas cosas. Preferiría hablar de profesionales de la creación, de la construcción artística. Pero es mucho peor. Primero: ¿A qué llamamos profesional en este campo?; luego: el adjetivo "artística" nos acaba dejando igual que el sustantivo artista del principio. Y lo peor de todo es eso de la "construcción", palabra que en estos tiempos que corren nos da un poco de urticaria.
Así que, con vuestro permiso, hablo de artistas a secas (de artistas plásticos en este caso), con todo mi respeto, eso sí.
Y hablando de artistas, hacer catacrock significa (al menos en esta entrada) haber encontrado un filón y estar preso en él. Cosa que tampoco está mal...
Os pongo un ejemplo: Antonio Saura.
Saura encontró un lenguaje plástico muy potente. Una manera de hacer, un estilo sincero, interesante, contundente, valioso, una maravilla. Pero esa maravilla era un callejón sin salida.
Me imagino que fue muy emocionante dar con aquello, una vía abierta a pintar tanto... y sin embargo a partir del cuadragésimo cuadro... ya estaba... ¡Catacrock!
Tiene todo el derecho, Saura, a seguir por esa vía, a repetirse, a copiarse a sí mismo. Es su descubrimiento, su camino. No deja de ser honrado. Pero me parece una maldición.
Y simpatizo muchísimo más con, por ejemplo, Malévich, que también descubrió un interesante filón con su pintura suprematista, llegando hasta su círculo negro, o su blanco sobre blanco para, poco después, pintar campesinos con cilindros de colores y casitas, pasando en algunos casos de los colores planos y rotundos a delicadas texturas en los fondos, y, al final, de las caras planas y vacías al detalle en los rasgos.
Me encantan los campesinos de Malévich, sus muchachas, sus casas, y su caballería roja.
Me parece una lección de humildad.
Y creo que esos cuadros sólo se entienden desde los anteriores suprematismos, que sin pasar por aquello nunca habría podido pintar esto.
Descubrió algo, algo potente, incluso necesario, y lo llevó hasta el final. Ahí lo tenemos. Es nuestro. Nos lo ha dejado. Y después continuó pintando, explorando, estudiando, creciendo. Y yo se lo agradezco. No rompió con lo anterior en absoluto, simplemente no hizo catacrock. Lo más natural debería ser continuar.

Y quiero poner otro ejemplo, de dos artistas inevitablemente comparados, uno catacrockizado y el otro no.
Empezaré con el que no hizo catacrock, ya que su propio discurso me ayuda a explicarme: Hablo de Jorge Oteiza, ese señor apasionado que hacía cajas, ese hombre que uno se imaginaría dando golpes a un hierro y deformándolo, salpicándolo, retorciéndolo, y sin embargo hacía bocetos de silenciosas esculturas utilizando tizas prismáticas.
Oteiza dijo que uno es escultor mientras aprende a hacer esculturas, cuando ha aprendido a hacer esculturas ¿para qué va a seguir siendo escultor?


En Oteiza no se puede dudar de la coherencia de su obra. No es como en Malévich, en quien el cambio de apariencia nos puede confundir. Sin embargo Oteiza no se estanca en ningún momento, siempre da un poquito más, y cuando decide que ya ha aprendido a hacer lo que quería hacer, deja de hacer, al menos en esa línea.



Y, claro, el que hizo catacrock fue Eduardo Chillida. ¡Pobre! ¡Toda la vida comparándole con Oteiza!.
Chillida consigue una belleza en sus esculturas que he visto en muy pocos. Es un buen artista. Es un profesional. Pero hizo catacrock... Y no sé qué más decir, a la vista está.